Que los pobres no nazcan, la aplaudida e “inteligente” solución para la pobreza

Hace unos días, un diputado (en realidad un “x” con autoridad) propuso algo que me hizo dejar de lado todo lo que hacía en ese momento, en serio me petrificó, y supuse que muchos también se indignarían, vaya que estaba equivocado… El “genio” propuso: esterilizar a las personas en situación de calle para evitar que se reproduzcan. Sí, lo dijo como quien sugiere una medida de salud pública, con un tono condescendiente, que solo usaría quien nunca ha sentido el frío de una noche sin techo. Lo dijo como si la pobreza fuera genética y no el resultado de un sistema que evidentemente es injusto.

Lo peor es que, en las redes sociales y en los comentarios de Facebook, la idea fue recibida con aplausos. Gente que se cree con criterio y que incluso se indigna por cualquier cosa, pero que encuentra “bueno” y “lógico” impedir que los pobres se reproduzcan. Decían: “Apoyo la propuesta”, “No solo mujeres, sino hombres también”, “Hay que hacer algo con los vagos”, “Son una carga para el Estado”. Como si la solución para acabar con la pobreza fuera exterminar a los pobres. Y yo me preguntaba ¿en qué momento perdimos la capacidad de indignarnos frente a lo obvio?

Porque esto no es nuevo. La historia ya ha visto esto, y no hay un final feliz. En la Bolivia de principios del siglo XX, los médicos y las élites decían que el “atraso” del país se debía a la composición racial de su población, la mayoría de origen indígena. Propagaron el discurso de “mejorar la raza” y la población sufrió medidas atroces. Incluso el gobierno de entonces publicaba libros que promovían esas ideas. Ya en el 52 hablaban de pronatalismo y la eugenesia positiva para “mejorar el capital humano” del país. Estas terribles ideas en que el Estado tiene derecho a decidir quién se reproduce y quién no para nada es nueva en Bolivia. Tiene historia, otra cosa es que no haya buenos lectores.

Incluso más allá de Bolivia, para quienes detestan leer nuestra propia historia, podemos recurrir a las teorías eugenésicas que en la Alemania nazi se llevaron a efecto, a la esterilización forzada de miles de personas consideradas “indeseables”, discapacitados, enfermos mentales, pobres. O en Estados Unidos, donde las leyes de esterilización estuvieron vigentes hasta los años setenta, afectando desproporcionadamente a mujeres negras, indígenas y pobres. Esa no fue la idea de un loco con poder, fueron políticas de Estado con el respaldo de detestables “expertos”. La propuesta del diputado boliviano no es algo nuevo, puede ser un calco de lo peor que ha producido la humanidad. O simplemente el producto de la ignorancia en todo su esplendor.

Charles Chaplin, en su película Tiempos modernos, fue arrestado por vagancia. Una denuncia de cómo el sistema persigue al pobre por el delito de no tener nada. Lo que Chaplin mostró con mucho humor, es retomado un siglo después por un diputado boliviano que lo propone como una gran idea. Definitivamente hay quienes ven la realidad y quienes solo ven el pastelazo.

Pero lo que realmente me entristece, es pensar que haya quienes aplaudan estas ideas. Eso no es falta de criterio, es falta de lectura, falta de memoria, falta de entender que la historia no es lo que está en los memes de sus redes. Es el síntoma de una sociedad que ha dejado de leer, que ha dejado de pensar, que ha dejado de preguntarse por qué hay pobres. La pobreza no se resolverá desapareciendo a los pobres, se resolverá con políticas públicas serias, con educación, con trabajo digno. Pero eso requiere pensar, cuestionar el sistema.

El sarcasmo en el título de este escrito, es en realidad mi indignación al comprender que hay gente que no ve más allá de su celular. Que hay quien osadamente defienda con argumentos de “sentido común”, pero que en realidad no es más que su propio desprecio camuflado con “lógica piadosa”.

La propuesta probablemente no prospere. Pero el hecho de que una autoridad lo diga en voz alta, sin que la mayoría se escandalice, es un preocupante síntoma. Hace algún tiempo, con unos amigos en un programa dijimos: “estamos viviendo una distopía” y no nos equivocamos. Esta es una distopía confesa, y no es ficción, parece que estamos en una sociedad que ha perdido la brújula moral y que prefiere eliminar el problema antes que resolverlo. Qué vergüenza.

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