Entre candidatos sin pueblo, justicia sin ley y poder sin rostro

En menos de dos semanas, las y los bolivianos volveremos a las urnas, a emitir un voto que estoy seguro si no tuviera carácter obligatorio muchos dudarían en asistir. Pero esta vez, con franqueza, no sé bien para qué iremos, supuestamente a elegir gobernadores y alcaldes, sí, pero ¿a quiénes? Las listas están llenas de personajes que nunca vimos en una reunión de importancia, es más ni vecinal, que jamás pisaron una comunidad campesina, que no sabrían explicar las necesidades de un municipio y cuáles serán sus tareas al respecto. Las cifras extraoficiales son evidentes, más del ochenta por ciento de los candidatos son absolutamente desconocidos para el electorado. Gente que no viene del tejido social, que no emerge de las comunidades, que no ha construido su nombre en la lucha sindical, vecinal o territorial. El mérito que los sostiene, en muchos casos, es haber acumulado seguidores en TikTok o haber desfilado en alguna pasarela o haber salido a hacer imitaciones tristes de Maria Galindo. No lo digo con desprecio, lo digo con preocupación política, porque lo que estamos viendo no es una renovación, es un vaciamiento de políticos que sepan lo que deben hacer.


Esto no es casualidad, es el resultado de un proceso sistemático que viene de lejos. Recordemos lo que ocurrió en la elección nacional de 2025, cuando se eliminó las principales referencia electorales de los sectores populares. Recalco, sistemático ya también se eliminó a todas las organizaciones políticas que mostraban algún interés en representar a los pueblos. Y aquí quiero ser cuidadoso, decir esto no significa que uno se suscriba todo lo que fue esa experiencia. Hay mucho que criticar, pero una cosa es criticar los errores de un proceso político, y otra muy distinta es celebrar su exterminio mediante artimañas judiciales. Porque lo que en los medios parecía una disputa personal, en realidad era la punta del iceberg de una estrategia mayor, despojar a la política de sus sujetos históricos, de esa generación que emergió de las luchas sociales para ocupar espacios de poder, con todas sus contradicciones, errores y defectos, pero con una legitimidad de origen que nadie puede negar.


Y aquí llegamos a un punto que por algún motivo pocos mencionan o lo hacen muy escuetamente, ¿Cuál es el papel del Órgano Judicial en este despropósito? Porque este latrocinio de siglas, esta proscripción de candidatos, no habría sido posible sin la complicidad de una justicia que desde hace rato dejó de ser imparcial para convertirse en un departamento más del Ejecutivo de turno. Ojo, no me refiero solo a este gobierno, hablo de un mal estructural que venimos arrastrando desde hace décadas, cuando se utilizó el aparato judicial para perseguir opositores o para blindar amiguitos. Ese es un problema que aún no hemos sabido resolver como país, la colonización de la justicia por la política. Cuando los tribunales fallan según la conveniencia del “poderoso” de turno, cuando las siglas se proscriben a pedido y los candidatos se eliminan por conveniencia, estamos ante algo más grave que la corrupción judicial, estamos ante la muerte del Estado de Derecho. Y es justamente ahí, desde ese cementerio jurídico, donde florecen los candidatos improvisados, porque si la justicia ya no protege las reglas del juego, el juego se vuelve un circo donde cualquier payaso puede entrar, siempre que tenga el visto bueno del que maneja circunstancialmente el tintero que escribe las reglas.


La pregunta que deberíamos hacernos en serio es ¿Qué significa ser político? Cuando digo que estos candidatos “no son políticos”, no estoy haciendo una defensa de la clase política, eso sería mezquino, y mucho menos estoy defendiendo a los políticos tradicionales contra los nuevos. El político auténtico es aquel que emerge de las necesidades de su comunidad, que conoce su tierra, que ha caminado y sufrido el conflicto, que ha traspirado la demanda en las calles. El político no es un oficio que se aprende en un curso de oratoria o en un tutorial de TikTok o como decía un candidato deshubicado “estoy aprendiendo”, un político de verdad se forja en la cancha, en la junta vecinal, en el ampliado, en la asamblea comunitaria. Es alguien que sabe de dónde viene el agua que toma su gente, sabe cómo se negocia un pliego petitorio, sabe cuándo hay que presionar y cuándo hay que pactar. Eso no se reemplaza con carisma digital, no se suplanta con seguidores virtuales, no se improvisa por más que te maquillen para la foto. En el fondo, pareciera que su mayor mérito es odiar a alguien en común. Por eso preocupa esta ola de candidatos sin arraigo, porque cuando lleguen a la alcaldía o a la gobernación, ¿a quién escucharán? ¿A las bases que no conocen? ¿A las comunidades donde nunca pisaron? ¿A los sindicatos cuyas luchas ignoran? Escucharán, inevitablemente, a quienes con maña los pusieron ahí, a las estructuras que diseñaron este vaciamiento, a los dueños del dinero que financiaron sus campañas, a los operadores judiciales que habilitaron sus candidaturas mientras proscribían a los otros. Y así, lo que tendremos no será representación política, será administración de intereses, gestión de negocios privados con cargo público.


Bueno, no quisiera ser injusto ni generalizar, eso sería tan malo como lo que critico. En algunos departamentos, todavía se cuelan nombres de candidatos que sí saben de qué va esto. Gente que hizo su lucha, aunque nadie los miraba, que conoce mínimamente el nombre de los dirigentes de base. Ellos existen, son los menos entre tanta sigla prestada. Ojalá la gente sepa identificarlos, porque en ellos todavía podría estar la esperanza de que la política no ha muerto del todo, prefiero pensar que solo está herida, malherida, pero no muerta.


Hay quienes celebrarán esto como una “renovación”, como algo que debía suceder en la política. ¡Cuidado con esa trampa! porque la antipolítica no es la solución a los males de la política, es una estrategia casi perfecta. Cuando vaciamos el campo de los políticos formados en la lucha social, cuando proscribimos a los que saben de dónde viene el pueblo, con sus aciertos y sus errores, con sus luces y sus sombras, lo que llega no es la gente común, como algunos demasiado ingenuos creen, llega gente afín al poder de turno disfrazada de gente común. Llega gente ajena al pueblo, que busca que todo siga igual mientras cambiamos las caras. El problema de fondo no es que haya tiktokers, modelos o odiadores en las papeletas, el problema es que haya desaparecido de ellas la posibilidad de que el pueblo encuentre sus representantes. Y cuando eso pasa, cuando la política deja de ser el espacio donde los de abajo analizan y entienden el sentido de las cosas, entonces nos queda solo un simulacro, una ficción, una farsa. Y una farsa, por más entretenida que sea, no alimenta a nadie.

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